17.6.05

A H O R I T A

¡VIVA MÉXICO, HIJOS DE LA CHINGADA!
Dicho popular.
"El mexicano vive difícilmente para morir fácilmente"
LBVG
Nada como el título para expresar el sentimiento mexicano. Una palabra que no existe en el vocablo castellano y que puede causar gran desesperación en un extranjero que no acaba de entender cuándo es ahorita. Ahorita es un instante que no acaba de empezar. Es el nombre con el cual es bautizado el edén mítico mexicano. Ahorita es ese instante trágico y maravilloso del hombre, en el cual ya está agobiado por el pecado y la culpa, pero todavía goza de la bondad natural de su primera infancia. Ahorita es no me estés chingando.

El vivir en el edén (tirarlo y volverlo a levantar[ii]) nos obliga a permanecer en un estado infantil/primitivo (sin inocencia, claro esta, porque ésta nos fue robada) que es el mismo que posibilita que el edén se erija. Cual niño actual que todos los 6 de enero, al recibir sus regalos de Reyes Magos, ve el precio de Comercial Mexicana estampado en el regalo, y piensa que Baltasar fue de compras a Pilares. Pero este niño en especial es un niño recién violado (es un animalito herido). Es un niño con pica y azadón, que empuja una yunta y bebe hasta saciarse a golpes con su María. Es un niño que tiene 38 años y que nunca vio a los Reyes Magos porque ellos no miran para su casa. Es un niño que se llama Juan y debe hasta los huaraches. Ese edén nos provoca una emoción melancólica.
A través de la historia de México hemos ido alternando no sólo de héroe (por llamar así al prototipo) sino también de identidad. Es un gran problema y punto de partida de conflictos (tanto interiores como exteriores) el que no tengamos una identidad establecida. El problema no es que tengamos máscaras, porque esas las traemos para cubrirnos del polvo de la Revolución. El problema no es que seamos abúlicos o perezosos, puesto que tan sólo es el reflejo de la espada y la armadura. El problema no es que no poseamos una religión propia, puesto que se adaptó una forzada para hacer una piadosa. El problema es que somos lo que los otros dijeron de nosotros y siguen diciendo. El problema es que no supimos resignificar lo que decían y aceptar al otro. El problema es que nos apartamos, nos escondemos y nos quedamos en eso, en lo que dice el otro que es más grande y fuerte.
Sería necio pensar (o quizá muy de naturaleza) que existe un sujeto único en la historia nacional. Nuestra memoria e historia están fragmentadas pero “cohesionadas” a la fuerza. En esa falsa unión está el ser mexicano, la cual siempre será una definición peyorativa y burlona, ya que no sólo acusa, también condena. Describe y legitima a través de la prohibición y el encierro. Posibilita e imposibilita, desde el mismo lenguaje y escritura. Desde la convergencia de dos culturas/mitos que confluyen en una letra. En una X.
El mexicano actual es producto de haber violentado al padre a través de la madre. Un padre que no es tan padre (en ambas acepciones) y con una madre que está muy chingada y nos ve desde la incubadora. Se peleó por la tierra, entre otras cosas, tardíamente, para llegar posteriormente a un nuevo tipo de repartición e industrialización. Ese producto es un náufrago de la Revolución que encalló con el Deber ser. Ese náufrago es un mexicano sumamente alienado y enajenado en la rutina urbana. Un obrero que menosprecia al campesino pero que desearía tener su parcelita de tierra para sembrar su jitomate y su maíz, condenado a su salario.
Un mexicano que recrea un paraíso “perdido” para subsistir frente a la opresión y la realidad. Un paraíso “perdido” que en algún momento fue nuestro (al igual que en algún momento también fue nuestra la tierra) pero que en realidad nunca lo fue. Ni siquiera los mexicas, que vivían como Xólotl, esperando el retorno de Quetzalcóatl, como justiciero y repartidor de la tierra.
Nos creamos[iii] una jaula con nuestras propias pestañas neotenias. Una jaula entre nuestro referente y “presente” (que es otro presente, un presente que quisiéramos que fuera pero no lo es). Dentro de esa jaula se encuentra un ser escindido.
Se encuentran dos sujetos: el campesino y el Ángel de la Independencia. El campesino (con su contraparte obrera), atrapado entre el pasado y el presente, en un instante eterno que no tiene origen. El Ángel de la Independencia cual mito fundante del Estado mexicano liberal. Un ángel que lo supera el futuro ya que no atravesó un proceso. Simplemente se pegó las alas y voló. No aprendió a volar y continuamente se estrella contra la ventana y la bombilla. Un ángel que, cuando se posa, tiene a sus pies todo el relajo desafiante[iv].
Gracias a la Conquista, surge el mito primigenio poscosmogónico que viene a ser el soplete que doblará los barrotes de la jaula. El mexicano era dueño de su tierra y su futuro, aunque los viviera con pasividad. Posteriormente, se encierra y enajena por no sentirse dueño de nada. Se encierra para eludir la metamorfosis[v]. Se encierra porqué tiene miedo de desear su miedo, lo cual lo lleva a una soledad bárbara que inhibe a la crisálida/proceso. No crecemos porque mantenemos una queja latente que obliga a permanecer en estado larvario, sintiendo melancolía por el estado primigenio.
De hecho, como lo mencioné anteriormente, no es un problema único y exclusivo del mexicano. Otras culturas también se encierran en sus respectivos traumas y concepciones[vi]. En esta relación entre culturas también encontramos un problema fuerte del mexicano que, si bien es externo en el ejemplo, es igual de patente interiormente. Me refiero a la relación con el otro. Una relación que está basada en las apariencias e indiferencia. Es por eso mismo que se pretende una indiferencia a la muerte (por muy errónea que sea la aseveración), porque se desprecia la vida ajena, lo cual o me lleva a comportarme como un animal o me conduce a la jaula. A encerrarme. Una relación con el otro que también se ve afectada desde que el hoy siempre es igual al mañana. Se trata de una promesa extranjerizada, no propia. La vida se convierte en un estadio premonitorio, presente, anterior a la muerte. Y si hoy es igual a mañana y hoy es vida, la vida es igual a la muerte. En apariencia, claro está. Aquello que no es cómo yo lo quiero, lo excluyo.
Afirmar que el mexicano en verdad no diferencia a la vida de la muerte sería considerarnos supremos por nuestras capacidades alejadas de lo moral, o ser animales salvajes. Sin embargo, esta misma confusión entre vida/muerte y la misma represión que origina a la confusión no hacen más que exacerbar ese miedo a la muerte. En realidad el mexicano le tiene mucho miedo a la muerte, sólo que lo esconde. No se lo enseña al otro. Es un miedo tan fuerte que supera al cuerpo y sale por los poros. El otro lo reconoce en la culpa y la melancolía. La primera culpa es el nacimiento de nuestro sentir melancólico.
Los conquistadores. Los intelectuales de escritorio y pipa. Los dominantes fueron los que dijeron que no teníamos miedo a la muerte y con esto nos hicieron esclavos de la misma; cerraron los goznes de las esposas. Nos impusieron un progreso que nos ha marginado y ha enclavado al ángel. Estereotiparon nuestra visión. En realidad, el mexicano vive difícilmente para morir fácilmente. Lo único que realmente es seguro (y que les pertenece) es esa certeza latente que es apaciguada por el hambre.
A decir verdad, no creo que vivamos añorando el estar rodeados, inmersos en la naturaleza, porque la negamos. La transformamos no sólo por mandato divino, también por el rechazo de haber sido expulsados de ella por ella misma. En realidad añoramos esa despreocupación. Esa ignorancia facilitadora, que olvidaba y daba vida. Añoramos una época en la cual, la ignorancia nos hacia libres[vii], ya que el conocimiento nos encadena mediante una “libertad” (que no es ella ni tampoco es nuestra) al hacernos responsables de nuestros actos y meternos en causalidades temporales. El conocimiento creó la memoria y un estado permanente de melancolía. Vivimos (todos) con una violencia inherente a nuestra naturaleza y los mexicanos con mayor fuerza, ya que somos resultado de una mezcla de cadenas, dolor, sombra y despertar.
La solución no es cómo una medicina. En realidad no es enfermedad. Pero si tuviéramos que apartar un factor en la contraparte, diría que habría que mantener el carácter melancólico y hacer a un lado, aunque sea por un momento, a la soledad. En ese instante surgen los grandes idealistas como Napoleón, Jesús, Cesar, Hitler, etc.
Si, en efecto, vivimos con resentimientos y tampoco nos gusta comprometernos. Nos molestan las personas directas que no distinguen el espacio entre el pulgar y el índice y no aplican el diminutivo a la palabra. Si, en efecto, en Europa/EUA nos piensan hijo de tigre pintito y con mayores vicios a los heredados por España. Si, en efecto, sigo siendo el rey como justificación a mis actos irracionales y liberación a las tensiones que vivo. Como ungüento a lo ardido de mis quemaduras. Pero también soy la necesidad encarnada de una raza que busca la manera de explotar, desenclavarse y salir volando. Solo nos falta la ruta y solucionar muchas cosas…Por cierto, la marca de la llave de la cerradura es "ahoritation" y tiene forma de x.
Tratando de abrir puertas con las llaves equivocadas, 17 junio '05
VARGAS GÓMEZ
[ii] Somos seres automortificantes. Erigimos el castillo para poder destruirlo y alimentar la culpa. Al no encontrar otro camino nos frustramos y aumentamos nuestro malestar.
[iii] Y es que no es lo mismo crear a inventar. Crear se refiere a la aparición, desde mi mismo, mi racionalización, mi mirada y la concepción de mi entorno, de un objeto/idea. Mientras, inventar es únicamente relativo a la satisfacción de una necesidad tangible
[iv] Si el lector ha seguido la lectura con detenimiento, notará que la misma construcción del trabajo es melancólica.
[v] No es lo mismo que evitar, ya que si ese fuera el caso no existiría una jaula, sería celda.
[vi] No hay que olvidar que la cultura surge a partir de mi interacción con el otro y abandonarme a mí mismo y entregarme. Entre culturas también existe un intercambio de estereotipos que influencian negativamente en la percepción del otro.
[vii] Al no saber no me percato de la muerte, lo cual me aparta de la finitud. No necesito entonces morirme buscando la verdad para obtener la libertad.

2 comentarios:

papialex dijo...

veeeerga de cual fumaste men!!!!

Anónimo dijo...

Hola!!! Bueno pues después de leerlo me surgieron muchas ideas, ya que tocas varios puntos, los cuales son muy ciertos.
Por lo que creo que la identidad es lo que forma a una persona, pero en ocasiones la identidad se daña por las máscaras de las que hablas, estas las van marcando tanto la sociedad como la familia dentro de la cuál crecemos, y en ocasiones dejamos de ser nosotros mismos por miedo a como lo vayan a ver los demás. Pero aquí entra la identidad, la que nos distingue del otro y la cuál forma nuestra personalidad.

Dejamos de obedecer nuestros sentimientos con tal de no ser juzgados, pero he aprendido a que no tienes por que juzgar al otro si no lo has visto en su totalidad.
El estar escindido , imagino que lo dices por nuestra separación entre las máscaras y nuestro verdadero yo, por lo que el vivir la vida, de forma plena y completa, está en nosotros mismos.

Estoy de acuerdo contigo al decir que “vivimos difícilmente para morir fácilmente”. Con lo cuál me vienen a la mente las personas que se ahogan cuando se juntan sus problemas, se encierran y no piensan mas allá , por lo que hay que tomar en cuenta que la mejor solución a nuestros problemas, la tenemos nosotros mismos. Pero en ocasiones se nos atraviesan una cantidad de telarañas que si no las hacemos a un lado, nos bloquean sin dejarnos pensar de una forma correcta, llevándonos a situaciones más complicadas.

Cuando alguien te dice que lo que haces está mal por tal o cuál cosa, para uno es algo muy confrontante ya que estamos acostumbrados a decir todo por debajo del agua, o darle vueltas al problema sin llegar a una solución.

Bueno niño pues te dejo. Gracias y perdón por la tardanza, pero recuerda que te quiero mucho. BYE.