24.8.06

Febreros, alcoba y tulipán

Me detengo y aspiro. Suspiro. A veces me pregunto sobre el olor del amor. Le pongo caras, todas ellas –casi– de personas en mi vida. Digo casi porque el rostro más fuerte del amor es aquel que me presenta la incógnita con un dejo de melancolía. Es un rostro borroso, muy luminoso, con el pelo casi mojado, me causa ansiedad y me acompaña en mis fantasías. Pero los demás rostros son conocidos. El amor es como un ser amorfo y fragmentado. Y su olor…

Su olor me cautiva, no lo puedo concretar de una forma satisfactoria. A veces me huele a alcoba sacralizada por sudor y penetración, perdiéndome en ese aroma tan mío y de ella, un olor que sólo pudo crearse por la unión de nuestros cuerpos en una danza orgásmica. A veces.
Otras veces no le encuentro olor, no sé si huela a perfume de vainilla, tierra mojada o pescadería. Aspiro menta y tabaco y me remite a un ella que no es y tampoco será.
Si le pongo cuerpo, seguro pienso en mi mujer; no en la que fue o la del intermedio si no con la que vea el final. Pero eso no me ayuda por qué no me transmite su perfume, tan sólo una idea que incrementa mi ansiedad. De esta forma, comienzo a nombrar a cada fragmento de esa pieza que fractura, pero me cuesta mucho asignarle un olor.
No sé si sea el olor de la alcoba en donde acabe de hacer el amor o por el contrario, el de algún perfume de febrero en Perú. Quizás sea eso. Quizás sea que no lo he aspirado todavía o por el completo. Indudablemente he estado en esa alcoba pero nunca en un febrero de Perú. Tal vez sólo he atisbado un pedazo de su esencia y una ráfaga de viento la ha llevado a un recóndito lugar, quizá por Perú. Y por eso no lo identifico.
Entonces creo que lo tengo que encontrar y aspirar. Aspirarlo hasta llevarme su alma por completo, por cada vena de mi cuerpo y hacerlo mío, mía, sin exhalarlo, hasta reventar en cuarenta y cinco mil y un pedazos y fundirme con ella en nuestro olor y viajar allá, mas allá de donde nos lleve el viento, más allá de Teotihuacan, haciéndole el amor con el olor a una abeja y reposar por siempre en un tulipán.
22 y 23
VARGAS GÓMEZ

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