30.11.06

1º de diciembre

Faltan nueve horas para mi 24º aniversario.
Faltan cuatro horas para que empiece la celebración.
Faltan ochenta y un horas para que termine la celebración.
Faltan trescientos sesenta y seis días para que me vuelva a preocupar y más por llegar a la mitad de la veintena.
Faltan tantas cosas que pasen en la política nacional pero por primera vez en el año me olvidaré de todo y me dedicaré a celebrar.

Y todos los números son literales...
YEEEAAAAAAAAH JAJAJAJAJAJAJAJAJA REGALITOS, MUCHOS REGALITOS!!!!

29.11.06

En el camino

El tiempo es como un ser humano especial. Crece, pero a su antojo. Corre cuando le da la gana y echa a dormir cuando no tiene ganas de ver los eventos que provoca. El tiempo es muy especial y más para el hombre.

Hay algo que me llama especialmente la atención sobre el tiempo: conforme pasa el tiempo, éste pasa más rápido. Aún recuerdo mi cumpleaños de seis años y la moto eléctrica –de vanguardia en el mercado– que me esperaban en medio del patio mientras los adultos me cantaban las mañanitas. Y es que fui un niño en un mundo de adultos y rodeado de ellos; siendo el mayor de los hijos, sobrinos y nietos, no tenía más remedio que escuchar sobre política inflacionaria y las tendencias políticas del cono sur aplicadas todas ellas a mi regimiento de He-mans y de Thundercats.

Aún recuerdo ese y otros cumpleaños. Recuerdo muy bien la emoción que me provocaba saber que por fin mi cumpleaños iba a llegar, que había esperado tanto tiempo y que habían sucedido tantas cosas para que él pudiera arribar. Recuerdo que en medio se interponía todo un ciclo escolar y las vacaciones de invierno, semana santa y verano. Recuerdo que pensaba, a veces, que nunca iba a llegar. En dos días cumplo veinticuatro años y no es más así…

Conforme los años se han ido sucediendo en mi vida, estos han sido más rápidos, como si tuvieran prisa por dejarme o por crecer. El año pasado decía que había sido el año más rápido –y doloroso, cabe aclarar– de mi vida; este año afirmo que es el que más rápido se me ha ido de mis manos. Carajo, mis veintitrés años suenan melancólicos y el 2006 apenas y me dejó que lo escribiera en unos cuantos informes. Al inicio pensé que era una dolencia particular, que no era más que producto de mi corazón que respira aire nuevo o que mis ojos no se habían acostumbrado a la luz de este sol. Sin embargo me doy cuenta que tampoco es así…

Descubro que mis allegados opinan lo mismo –no sé si lo sufran– y que también los años se les pasan más rápido que antes. En lo personal no creo que sean los años, más bien el tiempo que le ha dado la gana que sea así. No creo que se eche para atrás nunca más así que sólo me deja una opción con mi vida: vivir para contarla, como dijera el poeta.

Quizá podrían influir otros factores para que el tiempo se comporte de esta manera tan ingrata, quizá somos nosotros los que lo hemos impulsado a que el reaccione así. Nuestra posmodernidad, con todo y nanosegundos incluidos, lo han orillado a tomar esas acciones y ahora venimos a quejarnos…de que no tenemos tiempo.

Siempre hay tiempo. No sé si haya más tiempo que vida, probablemente no, probablemente el tiempo es vida en tanto ésta lo crea. Sólo sé por el momento que este año se me fue muy rápido de las manos y que aquella moto con mi regimiento de Thundercats al lado no regresarán más…

viéndomelas con la resaca y atormentado por los "ismos"
29 NOVIEMBRE 2006
VARGAS GÓMEZ

24.11.06

LIQUIDACIÓN

Pocas veces no sé por donde empezar y esta es una de esas poquísimas veces que casi podría enumerar. Ha habido muchos cambios y acontecimientos en mi vida en tan sólo dos semanas que ¡vamos! ¡Dios!

Propiamente no me puedo quejar por los acontecimientos. Hoy, con la cabeza fría, los intestinos en su lugar, mi corazón palpitando tranquilamente y las demás cosas frías, afirmo que no me puedo quejar y que, al contrario y fiel a mi costumbre, he aprendido mucho. Tantísimo.

Es por ello que se justifica y entiende mi ausencia por estos lares; por ello es que el Deuteronomio se quedó solitario de palabras más no de lecturas y participación (quizá más importante). Razones, se preguntan. Razones, pues:

Ayer fue mi último día de trabajo como Director de Mercadotecnia. Anteayer presenté mi renuncia con carácter de irrevocable. Mis motivos no los expondré en este medio –principalmente por desidia de escribirlos– pero baste con decir que mi nombre, Luis Benjamín Vargas Gómez, permanecerá limpio, hoy y siempre; que mi palabra es lo más valioso que poseo y que mis ojos siempre miran de frente y con la cabeza hacia arriba. Se dieron cosas que amenazaron tremendamente mi orgullo, reputación y honestidad, cosas con las cuales no estaba dispuesto a ensuciarme así pues decidí mi salida de la mejor manera, cordial, como caballeros.

Entonces, hoy pertenezco a las estadísticas del desempleo nacional, jajaja, será por poco tiempo. Me dispongo a entregarme a tiempos de ociosidad y relajación con una liquidación decente (si no justa). Si alguien gusta es cordialmente bienvenido. La presión que soporté las últimas dos semanas fue tremenda, al grado de agarrar un “tic” –nombres pulentos a cosas feas– en el ojo izquierdo y tener que tomar algo para el stress. Lo bueno es que se acerca mi cumpleaños y todo pinta para que me tire del techo del WTC en bungee etílico, jajajaja. Pinta bien.

Existen también otras razones por mi ausencia: proyectos que estoy iniciando que aspiran a ser conglomerados internacionales, un corazón que busca desesperadamente y un libro que me ocupa el tiempo.

Gracias, en verdad, por seguir aquí. Ojalá que no desaparezcan tanto y yo, por mi parte, prometo no hacerlo, más con todo el tiempo que tengo a mi favor.

24 NOVIEMBRE 2006
LBVG
P.D. ya subí mas fotos

15.11.06

Palabras a fortiori

Hoy es de esos días en los cuales siento que mi cabeza va a estallar. Usted disculpará que me dirija de esta forma tan abrupta, pero comprenderá mi necesidad por evacuar el humor que me esta inundando.

He notado su gesto de interrogación casi preguntándome “¿de qué vas?” A decir verdad no voy a ningún lado, es por ello que me encuentro sentado aquí, en el lugar de siempre y con el olor que me rodea, explotando el páncreas, cabeza y corazón. No ponga entonces esa cara; así, perfecto. Muchas gracias.

Hoy me he dado cuenta, una vez más –si, lo sé, no me haga esa afirmación– que amigos soy contados y con los tres dedos de la mano empieza y termino por contar. Hoy me di cuenta que aquel que tan bien me trató y juró ser mi amigo, en realidad me estaba utilizando de parapeto para que, en caso de que estallara el problema, como sucedió hoy, el se pudiera escudar en mí e, inclusive, no irse solo a la mierda. Y el problema no es propiamente el mancharse de mierda por un amigo –usted sabe bien que lo he hecho antes– si no el hecho de que no se me informara al respecto y se me manejara, con mentiras, una secreta intención velada y macabra.

Es por ello, quizá ahora lo entienda mejor, que me encuentro sentado aquí expulsándolo todo. No haré una exposición de motivos puesto que no es el momento –y quizá tampoco el lugar– pero queda patente mi molestia, dolor, confusión y rabia interna. Me han tomado el pelo, como dicen por ahí, y se aprovecharon, según palabras textuales de mi jefe, de mi “nobleza”. Vamos, para no andar con rodeos, sabe usted bien que soy muy directo: me vieron la cara de pendejo y no supe poner las gónadas a flote a tiempo. Si, así fue, o por lo menos así lo veo y me critico por ello. No sé si seré muy severo conmigo pero siento que inclusive me hace falta un poco más de responsabilidad por aquello que sucedió y que hoy explotó.

Aquel que en su momento me llamó amigo en realidad no lo era. Ingenua y románticamente pensé que así era y supe guardar un secreto que hoy ya no lo es más. Perdóname tú –no usted– porque pronto se te devolverán todos esos malos manejos, antes de que llegue el invierno. Pero perdóname más por no poder decirte, advertirte sobre lo que te está a punto de llegar. En otros momentos te hubiera puesto sobre aviso para que pudieras guarecerte, sin embargo hoy no puedo más actuar de esa forma, más tomando en cuenta que no me llamaste amigo con el corazón, si no con la cabeza y el currículum vitae. Pronto llegará el momento y me mortifica saber que tendré que seguir tratando contigo y que posiblemente reciba recriminaciones de tu parte, recriminaciones que no podré aceptar y que tendré que devolver con todo el orgullo con el que se escribe mi apellido y nombres, limpios y honestos. Tendré que tomarte el teléfono y negociar contigo, con palabras hipócritas por tu parte y omisiones por la mía.

Ya. Gracias. Perdóneme por no dirigirme a usted este momento y antes de que tome ese teléfono para diagnosticarme con un psiquiatra, entiéndame que él también está presente aquí y que acabará por escuchar estas palabras. Palabras últimas que le dedico con el corazón herido y la amistad mancillada. Palabras que terminan por cumplir aquello que siempre me he fijado como eje rector de mi vida: honorabilidad y sinceridad.

Gracias pues, por su tiempo. Sé que tiene obligaciones por cumplir. Algún día le recompensaré los momentos que siempre me ha dedicado, téngalo por seguro. Entiendo que se tenga que ir al igual que me tengo que retirar yo. Que descanse y tenga usted muy buenas noches.

Hasta luego.

15 NOVIEMBRE 2006
VARGAS GÓMEZ

12.11.06

Raymond Weil

Después de tantos años, por fin. Ayer me pude comprar mi reloj. Quizá para muchos este sea un evento totalmente insignificante –lo comprendo–, sin embargo, para aquellos que me conocen y han compartido mis avatares los últimos 2 años de mi vida, por lo menos, sabrán lo importante y significativo que resulta para mí. El origen…

La primera vez que deseé comprarme el reloj tendría yo aproximadamente 18 o 19 años, no más. Era yo otro hombre con diferentes personas a mi lado. En aquel entonces moría por el clásico de Longiness, el extra-delgado. Los ocho mil pesos de aquel entonces me sonaban a una fortuna y definitivamente se encontraban más allá de mi posibilidad; sin embargo recuerdo que hubo un momento en el cual pude hacerme de él pero resultó que se cruzó en mi camino Europa y que yo me tuve que pagar la Universidad a cambio de la manutención completa de mi papá. Era un trato justo, por lo cual Longiness tuvo que esperar.

Así pasó el tiempo. Todo el tiempo contenido en el reloj y medido por él, sin que yo lo tuviera. Hay personas que saben lo mucho que lo deseé. Inclusive las últimas 8760 horas no tuve reloj con qué medirlas debido a que el reloj que utilizaba en aquel entonces pasó a mejor vida en un accidente de motocicleta. Pasó el tiempo.

Es importante hacer la distinción en este momento acerca de mi acceso a otros relojes. Mi padre me ha regalado dos relojes pero los dos son muy buenos, demasiado; uno de ellos, inclusive, resulta demasiado ostentoso y mi mano corre el riesgo de ser separada de mí en un intento de atraco. El otro no resulta ser un reloj para toda ocasión, en realidad ninguno de los dos; más bien son relojes de fiestas familiares o de bodas. El Longiness tenía buenos elementos para hacerse desear.

Ayer me desperté decidido a poner fin a esa larga espera. Una espera que yo mismo me había impuesto dado que no era mi realidad comprarme el reloj, ya que podría haberme endeudado pero sufriría para pagarlo o me hubiera quedado muy justo. Ayer ya era otro tiempo y otra realidad. Ayer me fui decidido, con el paso del segundero en cada pierna y entré a la sección de relojería de Palacio de Hierro. Vi el Longiness. Ahí estaba, como siempre, tan delgado y a la vez tan bonito. Sin embargo esta vez ya no me mataba por dentro como antes.

- Déjame ver otros, antes… -respondí a mis padres que me acompañaban en mi misión.

Me paseé por entre los estantes y de pronto lo vi. Era el reloj adecuado para estos tiempos y su segundero es más parecido a mis medidas que el del Longiness. De hecho este tenía otro nombre, es un Raymond Weil y su precio era un poco más elevado que el extra-delgado venido a menos. Tanto tiempo deseándolo y ahora ya no lo quería…Había sido un capricho.

Al final decidí empeñar mi tarjeta de crédito y llevarme este trágicamente bello verdugo de minutos que cuelga de mi muñeca. El Longiness ahí quedó, a la espera de crear otros deseos en otras personas; se quedó en su estante junto con algunos recuerdos míos que le endosé sin que se dieran cuenta las dependientes del lugar. Aquel que se compre ese reloj sin duda se llevará, además de un limitante en su tiempo, unos recuerdos que nunca le pertenecieron y que seguramente le arrullarán por las noches así como a mí me provocaron insomnio.


Vasos de Roma y Ginebra
12 noviembre 2006
VARGAS GÓMEZ

8.11.06

Madre

Resulta interesante que los cuestionamientos se le dirijan a la Madre. Es verdaderamente conmovedor imaginar la escena de un pequeño de ocho años cuestionando a su madre sobre el amor y sobre la guerra; resulta aún más conmovedor la imagen del mismo niño (o de otro) con diecinueve años encima y preguntándole a su madre si esa mujer es la correcta para él…

Una madre que desea que su hijo crezca pero siempre con una parte dentro de ella. Alejado de todo categórico moral, en verdad resulta conmovedor; sea la Madre del hogar o la Madre cultural, no dejará de ser madre que resiente la ausencia del padre (aunque haya ido a trabajar o beber whiskey) y que desea ver a su “pequeño fruto” (cual flor de otoño) crecer siempre a su lado. Pero manteniendo distancias.

Y es que, después de todo ¿qué respuesta podría dar esa Madre? Suponiendo que fuera una Madre arquetípica, su respuesta siempre sería un bálsamo para la ansiedad malograda y no entendida del hijo ¿Qué otra respuesta podría otorgar que no fuera un lugar común en el cual refulge por su ausencia la preocupación del futuro, en tanto el ala de la Madre permanezca ahí para proteger a su polluelo, que quiere crecer pero no sabe cómo?

Después de todo, esa es la idea de la Madre. Aunque, cómo dirían por ahí, “hay de madres a madres”. Están esas a las cuales se les entregan abrazos de oso y devuelven besos de mariposa o que se vuelven cómplices silenciosos de las travesuras imaginativas del niño…pero también están otras que prometen alejar todo lo sucio que pretenda mancillar a su hijo o que quiera depositar concientemente todos sus miedos en él -aunque lo hagan todas al cantar sus canciones de cuna.

Mother, do you think she's good enough
For me?
Mother, do you think she's dangerous
To me?
Mother will she tear your little boy apart?
Mother, will she break my heart?

Mother, did it need to be so high?
VARGAS GÓMEZ

6.11.06

Informe #1

Entre tinteros entubados y papeles amontonados me encuentro.

Ni siquiera el humo del cigarro me acompaña para nublar la vista de mi diario encierro.

Me desespero.

Me aturde el paso del tiempo.

He botado el reloj en la última esquina, decidido a no sentirme esclavizado también por mí.

Volteo. El ramillete ha sido deshojado por completo.

Me queda la opción de esperar o pedir a ser esperado.

El invierno está en ciernes y en un abrir y cerrar de ojos la primavera llegará

y no sé bien todavía si llegará entonces a ayudarme a cortar otro ramillete.

Cuando busco el verano en un sueño vacío
VARGAS GÓMEZ

5.11.06

No te amo

No te amo como si fueras rosa de sal, topacio o flecha de claveles que propagan el fuego: te amo como se aman ciertas cosas oscuras, secretamente, entre la sombra y el alma.
Te amo como la planta que no florece y lleva dentro de sí, escondida. La luz de aquellas flores, y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo el apretado aroma que ascendió de la tierra.


Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde, te amo directamente sin problemas ni orgullo: así te amo porque no sé amar de otra manera, sino así de este modo en que soy ni eres, tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía, tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.

Pablo Neruda

30.10.06

EL MONJE Y EL RUISEÑOR

En un templo lejano, allá en medio de Siam, vivió el monje más sabio de todos. Su nombre era Đâm Ra Yêu y a lo largo de toda Asia se pregonaban sus enseñanzas e inclusive un viajero europeo llegó a transcribir algunas de ellas en un libro que hasta la fecha se tacha de mágico y no se le ha sabido otorgar su validez correspondiente.

Durante largas jornadas, Đâm Ra Yêu se entregaba a meditaciones sobre el espacio del ser, su trascendencia, las flores, el aire, el sol, el alma, el dolor y demás cosas hermosas que rodean nuestro mundo y también el de él. El monasterio donde vivía se encontraba enclavado en medio de la selva y no tenían que salir de ahí puesto que cultivaban sus hortalizas y tenían todo lo que su cuerpo podía necesitar, por lo cual se entregaban sin problema alguno a la meditación. Sin preocupaciones materiales como la inflación, el ahorro o las inversiones, Đâm Ra Yêu y sus discípulos descubrían formas de interpretarse a sí mismos y maneras de coexistir armoniosamente con su entorno.

Đâm Ra Yêu disfrutaba enormemente vivir en el monasterio y tenía muchas buenas razones para hacerlo: tenía paz, alimento, discípulos entregados y amables pero lo mejor de todo, lo que Đâm Ra Yêu más adoraba era el amanecer que se colaba por su celda. Lo amaba de una manera tan grande puesto que un pequeño ruiseñor se paraba todos los días a cantar bellas melodías de amor al pie de su ventana. Đâm Ra Yêu se quedaba entonces inmóvil y un remolino lo azotaba en su estómago subiendo rápidamente a su pecho y después a su garganta, casi cerrándola, llegando al final a los ojos que se derramaban en felicidad y amor irrestricto. Đâm Ra Yêu amaba con toda su alma al ruiseñor y su canto.

El ruiseñor, como los de su especie, tenía un estilo elegante y unos colores brillantes y seductores, sin embargo, éste poseía un halo especial capaz de cautivar al más serio e intratable de los hombres. Era bellísimo, sus ojos tenían un poder especial y su canto…su canto era una melodía divina que Đâm Ra Yêu juraba era enviada por los dioses para demostrar el amor que sentían por los hombres. Sin duda el ruiseñor tendría que haber sido enviado por los dioses y eso lo hacía aún más especial.

Pasaban los meses y Đâm Ra Yêu caía en una enfermedad que no lo dejaba meditar y menos concentrarse en la enseñanza a sus discípulos; su comida la había reducido a lo indispensable para sobrevivir y sentía todo el tiempo una presión enorme en el centro del pecho que sólo se aliviaba por las mañanas al cantar del ruiseñor. Đâm Ra Yêu estaba perdidamente enamorado del ruiseñor, lo deseaba con tanta fuerza que apenas e imaginaba su existencia actual y posterior sin él.

Un día Đâm Ra Yêu no pudo más y como sucede con los enamorados que caen presa de la duda, desesperación y la sinrazón del corazón –puesto que el corazón tiene razones que la razón no entiende– decidió que no podía pasar otra noche más sin el ruiseñor, cuando las estrellas tan bellas son tan lejanas y la oscuridad nos atrapa y nos refleja en la luna. Tomó una sabana y la puso encima de la ventana sostenida por una rama a la cual había atado un cordel que amarró a su mano.

La mañana siguiente el ruiseñor llegó como todos los días presuroso a cantarle a Đâm Ra Yêu, esta vez con una nueva melodía que acababa de aprender muy cerca del mar. Se posó en la ventana y comenzó a entonar la canción más hermosa que Đâm Ra Yêu hubiera escuchado jamás y con esa pasión también jaló del cordel haciendo que la sábana cayera encima del ruiseñor cortando el canto en un chillido estridente de desesperación. Đâm Ra Yêu se levantó inmediatamente y tomó con tal fuerza la sábana que al hacerlo apretó demasiado al ruiseñor haciendo que el chillido fuera aún más fuerte y doloroso, a lo cual Đâm Ra Yêu soltó la sábana temiendo lo peor. Al caer la sábana el ruiseñor quedó a la vista, mirando a Đâm Ra Yêu con ojos de terror y echó al vuelo, primero tropezando por su ala lastimada para después empezar a revolotear por toda la celda hasta que, por fin, encontró la ventana y salió volando con altibajos. Đâm Ra Yêu estaba pasmado, no podía creer lo que había hecho. No podía mover un músculo de su cuerpo. La puerta se abrió inmediatamente y entraron dos discípulos suyos que encontraron a Đâm Ra Yêu tirado en cuclillas en el suelo de su celda llorando desgarradoramente.

Las semanas pasaron y Đâm Ra Yêu no encontraba consuelo para su corazón. El sólo hecho de recordar el incidente y saber que había herido a lo que más amaba en este mundo lo destrozaban. Sus discípulos se encontraban muy preocupados por su salud ya que tenía días sin probar bocado alguno y ni siquiera salía de su celda para hacer las obligaciones del monasterio. Tuvo que ser por fuerza del más allegado de sus discípulos, Mối Tình, quién se encerró con su maestro en la celda durante dos días enteros para que al tercero salieran juntos, sosegando así el ansia que se apoderaba de todo el monasterio.

Conforme pasaban los días Đâm Ra Yêu iba retomando la actividad que hubiera postergado por tanto tiempo, sin embargo, no dejaba de ver el cielo esperando ver al ruiseñor cruzar el aire o, por las mañanas, despertar llorando por no escuchar más que el sonido del viento húmedo colándose a través de su ventana.

Đâm Ra Yêu perdió toda esperanza de volver a ver al ruiseñor y su lamento se vio reflejado en sus enseñanzas, una de ellas muy famosa y recopilada por aquel viajero europeo. Así pasaron dos meses hasta que un día Đâm Ra Yêu no salió de su celda. Los discípulos, preocupados por su maestro, entraron con sigilo a su habitación y ahí descubrieron a Đâm Ra Yêu sentado en el suelo en medio de la habitación observando la ventana y ahí, justo en el marco de la ventana se encontraba el ruiseñor. Su canción era una canción de dolor y al mismo tiempo de perdón y de amor. Era una melodía tan hermosa y la escena tan bella que los discípulos se congelaron en la entrada de la celda. El ruiseñor había regresado con el ala recuperada y por todo el amor que le profesaba a Đâm Ra Yêu. Pasado un momento tan largo como breve es el amor, Mối Tình se acercó a gatas a su maestro y le susurró con mucho cuidado al oído:

- Maestro, ¿desea que entre todos atrapemos esta vez al ruiseñor?

Đâm Ra Yêu, se volteó con toda paciencia a Môi Tình mirándolo con ojos entrecerrados y acuosos:

- No, Môi Tình, no lo hagan, es una orden.

- Pero, maestro, lo podemos hacer esta vez –replicó Môi Tình con un poco de impaciencia.

- ¡No! –elevó la voz Đâm Ra Yêu tomando del antebrazo a Môi Tình– Sé bien ahora que prefiero tenerlo así, cantándome por amor y con libertad a aprisionarlo en una jaula y perderlo o no escucharlo nunca más.

Acto seguido Đâm Ra Yêu se volteó hacia la ventana a ver al ruiseñor que le hablaba y cantaba con un amor infinito en los ojos y él le lanzaba todo el amor con los besos de su corazón.

En la ciudad del ombligo de la luna,

20 octubre 2006

VARGAS GÓMEZ

29.10.06

Confesiones de un desdichado

Hay algo que está haciendo mal. Definitivamente tiene que estar mal puesto que han sido varios los fracasos del corazón –afirma-, no sabe cuántos o tal vez si sepa, pero no le ayuda nada contarlos con esa mano.

Cada una de ellas fue tan distinta una de otra, comenzando por el Gran fracaso, ella la del sexenio perdido, pasando por otras cuantas que le han dejado varios moños y pequeñas arrugas que juntas le forman un zarpazo hondo y acomodado.

Pensó que esta última vez sería diferente: tantas casualidades, tantas coincidencias, tanta belleza y tanta distancia…Jura con el alma en un ramillete de girasoles que, hasta el momento, de todas ellas parece ser la mejor persona y la carta más fuerte, sin embargo algo sucede, como si una nube negra le persiguiera por ahí tirando rayos y chubascos en su camino compartido por él y ella.

- ¿Qué haré mal? –se pregunta.

Ha llegado a pensar que es él quién comete el error puesto que es él quién permanece al final, no obstante puede ser que su error sea sólo el haber elegido mal, no tanto una acción suya; algo que haya hecho o dejado de hacer.

Puede ser.

Yo sé que le duele, eso es indudable, le observo mientras cabizbajo bebe un sorbo de café. “Sin embargo esta vez el dolor es especial”,me dice. Me jura que es diferente. Esta vez afirma que duele con aroma de amor y sabor a derrota. Antes le supo a traición, estupidez o inmadurez. Esta vez a derrota por no tener los medios para girar la situación y salir victoriosos.

Y es que ella con sus palabras esquivas, sus cartas secas –áridas como un matraz de secundaria-, sus gestos neutrales le matan…

Y pensar que no ha hecho otra cosa que esperarla. Pensar que le duele. Pensar que su cuarto tiene cosas de ella y que tiene un viaje reservado a Bora Bora.

No puedo hacer otra cosa más que terminar mi café, pagar la cuenta y ofrecerle mi más sincero entendimiento y comprensión, más de lo que se imagina; después de todo quedé de verme con mi mujer para platicar y me cuente de su estancia en Sudamérica.

Con el demonio entre las venas

VARGAS GÓMEZ