9.2.08

Espera

Una sola vez escribiste una frase, con tiza negra:

“A mí también me duele”

Cortázar



Y no está.

Es terrible la sensación que aborda al cuerpo y abotarga la mente cuando la otra persona simplemente desaparece. Sin mayor aviso. Sin preámbulos. Es terrible permanecer sentado, esperando, sin mayor claridad que una ansiada llamada o una nube de humo declarando la guerra. Es terrible cuando no se ve. Es terrible.

Es terrible querer decir eso y mil cosas más y no poder siquiera poder poner los sentimientos en orden para clarificar las ideas y las palabras.

Es terrible.

Es terrible enamorarse, pero aún más terrible es sentir que se pierde el amor. Es terrible.

Me siento a esperar que las volutas de humo me platiquen, me suspiren una respuesta o por lo menos una sospecha. Pero nada. El silencio. La incertidumbre. Es terrible no poder controlar los dedos y desear escribir lo que viene a la mente, olvidándose de la estética, gramática y demás reglas…de cualquier forma sirven cuando se les va a leer. Cuando se les va a apreciar o criticar, pero de nada cuando ni siquiera se les va a leer.

En esos momentos ¿qué es lo que sirve? ¿qué es lo que tiene que puntualizar? Y sin embargo, lo más terrible de todo es permanecer en el mismo lugar esperando que, por motivos poco saludables, el teléfono suene, una paloma se estrelle con un mensaje, el Ponny Express llegué y te de una noticia. Por lo menos un punto final

¿puntos finales o suspensivos?

09 FEBRERO 2008

VARGAS GÓMEZ

29.1.08

De tendencias y orfandades…

Tendencias hay muchas. Desde las tendencias artísticas, conductuales, disciplinarias, políticas, económicas… Tantas como gustos y necesidades hay en el mundo. Eso es benéfico, sin duda. Lo que resulta perjudicial son las personas que toman las palabras y se abanderan de las tendencias cantadas por las mayorías, para ejercer el poder.

El señor Andrés López de nueva cuenta ha reafirmado mi tendencia en la opinión hacia él o, se podría decir también, que no me han sorprendido sus últimas acciones y declaraciones. Su tendencia por insultar, por convertirse en algo parecido –por la actitud, por supuesto, no ha tenido el gusto de echarse un alipús conmigo– a un picapleitos de cantina ha sido reafirmada una vez más. Ejemplo hay muchos, por montones, desde antes de su carrera presidencial, mucho antes de su Jefatura del Distrito Federal, antes inclusive de su gobierno en Tabasco; digo antes porque es algo que lleva muy dentro sí –me lo puedo imaginar discutiendo en la escuela por ver quien sacaba primero en el recreo y afirmando que el que le ganó, lo hizo porque se puso “calzones de acero y uso una moneda de doble tache”– y que lo impulsa. Lo avienta.

En este momento no se trata ya de proyectos políticos, tendencias económicas o alternativas de nación –y realmente me pongo a pensar si en algún momento se ha tratado de eso–, se trata simple y llanamente de la obcecación de un individuo necesitado de poder, de reflectores. De un personaje que probó la miel de la luz y se decanta hoy en la hiel de lo común.

La tendencia de Andrés (Manuel) López (Obrador) ha sido siempre la de descalificar todo aquello que se nombre diferente a sus propósitos, tendencia compartida también por sus esbirros –¡piensa rápido, Noroña!– y la gente que ferviente e inconcientemente lo apoya (si, esa misma gente que bloquea, rompe el asfalto, trastorna edificios, irrumpe en Catedral). Hasta el día de ayer su tendencia había sido del corte “machín”, de ese picapleitos de cantina bravucón o del caudillo perdido que se lanza contra el edificio de una embajada a pedradas. Esa había sido su tendencia, no sólo de “machín” –nótese el despectivo del calificativo y de la actitud “machín”– también de machito. Cuando le conviene –como cuando no quiso ir al debate–. Ahora su tendencia ha cambiado. Ahora también es degradar en tanto su condición biológica a una mujer…

Andrés, no me has defraudado, en verdad. Nunca esperé menos de ti.a decir verdad, nunca he esperado nada de ti. Y es que no son tus ideas, son tus descalificaciones.

No son tus discursos, son tus palabras.

No son tus declaraciones, es tu ideología.

No son tus enojos, son tus fantasmas. Tus frustaciones.

No son tus filiaciones, son tus tendencias.

No son tus antepasados, es tu orfandad.

En efecto, tu orfandad, porque se necesita no tener madre para ofender y degradar a una mujer como tú lo has hecho. Permíteme comentar que, más allá de las tendencia de Ruth Zabaleta, ha mostrado más competencia, oficio y profesionalismo al dirigir de manera democrática una institución por demás vital y tristemente prostituida y derruida como lo es la Cámara de Diputados. Y tú…tú hablas de sus piernas y de cómo se ven “tocadas” a cambio de la discusión de la reforma energética.

No estoy seguro de tu tendencia económica (probablemente el populismo). No estoy seguro de tu tendencia política (vas cual goleta al viento, siguiendo el olor del poder en la bandera y color que te acomode). No estoy seguro de tu tendencia artística (no creo siquiera que sepas apreciar lo bello y lo estético). Pero estoy seguro, Andrés, que no tienes madre. Y estoy seguro que esto último sí que lo entiendes.

Un ciudadano harto de los machitos, las pantomimas de sus políticos y del estado de su ciudad y país.

29 enero 2008

VARGAS GÓMEZ


27.1.08

Si de nadar se trata…

Tenía poco más de un mes sin nadar. El tiempo se le había pasado demasiado rápido: entre enfermedades, decisiones, indecisiones y noticias, lo último que había pensado era en ponerse a nadar. Hubo momentos, no lo podía negar, en que sentía esa imperiosa necesidad por aventarse, perderse, zambullirse y olvidarse de todo lo demás, sin embargo esos momentos no compaginaban con los momentos que tenía libres.

Hoy por fin podía. Estuvo frente a la piscina cerca de cinco minutos y no sentía mayor inspiración que las ganas de hacerlo. Eso fue suficiente para impulsarse. Ahora que su cuerpo se encontraba inmerso en el agua no sentía los mismos deseos y eso le aturdía. Sin duda, dejar pasar los momentos puede ser motivo de arrepentimiento futuro. Nunca lo hemos de saber, así como su corazón lo sentía en este instante. Nadaba. Quería hacer lo que más deseaba hacer y no podía, no encontraba la inspiración. La desesperación le invadía. Volteó a ver el cielo: negro, como su esperanza.

Se salió de la piscina y sentó a la orilla, chapoteando los pies, como dándole una oportunidad a sus deseos. No llegó y decidió pararse, secarse lenta y pesadamente, dirigirse a la entrada de la casa. Subió por las escaleras que conducían a su cuarto, abrió la puerta y la cerró por dentro al tiempo que hacía caso omiso de las invitaciones de sus padres para bajar a cenar con ellos. abrió la llave de la regadera y ahí permaneció, inmóvil, escurriendo el cloro de su cuerpo y sintiendo una pesadez mayor. En ese momento el deseo regreso. La inspiración le inundó. Volteó a ver al techo y sonrió: “mañana, quizá”. Se puso la pijama y se durmió.


VARGAS GÓMEZ

De pecho

27 ENERO 2008

18.1.08

De la salud...un poco

Señores.

No hay nada más maravilloso que la salud, es el aire de la vida. La póliza de garantía, con caducidad, de nuestra breve existencia. Cuídenla.
Cuídenla mucho.

Salud (nunca mejor dicho),

Luis

18 enero 2008

26.12.07

Del parecido estelar

Siendo una estrella la combinación de diversos elementos, de periodos, de energías, de tiempos y, sobre todo, de espacios, vagamos por el espacio terrenal dispuestos a fundirnos con otra energía y formar estrellas. Estrellas que iluminen espacios.
Las relaciones en nuestro mundo son como las estrellas. Las estrellas son únicas, parecidas todas ellas en la composición, diferentes en tamaño, medidas en su energía y resplandor, pero todas diferentes. Así son las relaciones. Las relaciones amorosas, esas que transmiten calor, fuego, energía, son únicas, parecidas en composición y medidas socialmente, sin embargo diferentes.
Las estrellas –que no los planetas– se forman a lo largo y ancho del universo y las hay de diversos tipos: enanas, azules, rojas, gigantescas… cada una cumple una función en particular –y al momento que se juntan dos estrellas una colisión descomunal ocurre– y es diferente en tanto no es la misma. Una relación de obviedad. Las estrellas que tenemos en mente más a menudo, que son las que nos enseñan en la casa y en la escuela, son esas que parecen eternas, bellas, inexpugnables –aunque no sean ninguna de estas– brillantes y que posibilitan la vida. Armoniosas. Pareciera que estarán ahí por siempre y que sin ellas todo lo que las rodea se perdería. Muchas hay como esas. Y todas ellas habrán de morir, algún día.
Sin embargo, también hay estrellas que se crean en el momento menos indicado –aunque si es el oportuno– y en el lugar menos adecuado –aunque sea el propicio–; esas tristes estrellas, tristes, están condenadas a desaparecer más pronto que temprano. Aún así, su misión fue juntar los elementos que las formaron para brillar por un breve espacio y después desaparecer, dejando un rastro inmenso de destrucción, un estallido que desentona a la gravedad y dispersa los elementos que la constituyeron. Esas estrellas cumplieron un propósito en específico al entregar, con su creación e inminente destrucción, orden y proceso dentro del sistema caótico universal.
Las relaciones también las hay así. Aquellas que parecen bellas, inexpugnables y eternas. Enormes y brillantes gracias a que se juntaron los elementos adecuados para formar en el espacio idóneo esa relación, una relación que proveerá de vida y orden en un minúsculo espacio del orden universal. Sus elementos, en algún momento, fueron parte de otras estrellas –e inclusive planetas, ensimismamiento del individuo con la obligación de, en algún momento, trascender y convertirse en estrella– y llegaron hasta ese lugar para posibilitar lo que ahora es…a partir de lo que ya no será más.
Y esas otras, aquellas que ya no son más, las efímeras, las pequeñas, las condenadas por la gravedad –o la encopetada crítica social– son olvidadas. Pareciera que lo que las rodea, al momento de crearse, ya las lloran sin antes terminar de ver su cometido. Las avientan a la destrucción y se alejan sabiendo que terminarán por estallar, aún antes de verse iluminadas por su primer brillo. Pobres estrellas pequeñas, pero aún más pobres los demás elementos y estrellas soberbias que las juzgan sin saber que algún día fueron parte –o serán– de una pequeña. Así son estas relaciones, efímeras, enérgicas o juzgadas, pero que proveen de la suficiente materia para poder construir una estrella más grande. Pobres de los astrónomos que se la viven espiando a las pequeñas –como padres amorosos, ciegos de razón y con un pasado enterrado– y condenando desde un momento su aparición; no saben que quizá, si esos elementos se juntaran en otro espacio lograrían crear estrellas aún más grandes que las que sus telescopios han logrado visualizar.
El consuelo de estas pequeñas es que, a pesar de estar condenadas a la desaparición, al igual que las grandes y los astrónomos expectantes, es que tienen la capacidad de moverse. De trasladarse y trascender. De alejarse de la mirada expectante del astrónomo o del fulgor quemante de las grandes. De alejarse de las energías que las oprimen, justo cuando más energía poseen y entonces sí, crecer y dejar de ser pequeñas, para convertirse en un astro brillante y que, en apariencia, no dejará jamás de existir. Todo depende de ellas, es su único consuelo. Es su único momento.
Y es que al final, nos parecemos tanto, cuando estamos juntos, a las estrellas.

Entre estrellas y planetas.
Managua, Nicaragua.
VARGAS GÓMEZ
26 diciembre 2007

16.12.07

Al lado del camino

Espero que todos estén bien -¡vaya forma de iniciar mi texto!-, les dejo estas letras que, sin duda, no creo que pudieran acomodar mejor en este momento de mi vida...
Gracias por siempre estar ahí, amigos.

me gusta estar a un lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa
me gusta abrir los ojos y estar vivo
tener que vérmelas con la resaca
entonces navegar se hace preciso
en barcos que se estrellen en la nada
vivir atormentado de sentido
creo que ésta, sí, es la parte mas pesada

en tiempos donde nadie escucha a nadie
en tiempos donde todos contra todos
en tiempos egoístas y mezquinos
en tiempos donde siempre estamos solos
habría que declararse incompetente
en todas las materias de mercado
habría que declararse un inocente
o habría que ser abyecto y desalmado
yo ya no pertenezco a ningún istmo
me considero vivo y enterrado
yo puse las canciones en tu walkman
el tiempo a mi me puso en otro lado
tendré que hacer lo que es y no debido
tendré que hacer el bien y hacer el daño
no olvides que el perdón es lo divino
y errar a veces suele ser humano

no es bueno hacerse de enemigos
que no están a la altura del conflicto
que piensan que hacen una guerra
y se hacen pis encima como chicos
que rondan por siniestros ministerios
haciendo la parodia del artista
que todo lo que brilla en este mundo
tan sólo les da caspa y les da envidia.
yo era un pibe triste y encantado
de Beatles, caña Legui y maravillas
los libros, las canciones y los pianos
el cine, las traiciones, los enigmas
mi padre, la cerveza, las pastillas los misterios el whisky malo
los óleos, el amor, los escenarios
el hambre, el frío, el crimen, el dinero y mis 10 tías
me hicieron este hombre enreverado

si alguna vez me cruzas por la calle
regálame tu beso y no te aflijas
si ves que estoy pensando en otra cosa
no es nada malo, es que pasó una brisa
la brisa de la muerte enamorada
que ronda como un ángel asesino
mas no te asustes siempre se me pasa
es solo la intuición de mi destino

me gusta estar a un lado del camino
fumando el humo mientras todo pasa
me gusta regresarme del olvido
para acordarme en sueños de mi casa
del chico que jugaba a la pelota
del 49585
nadie nos prometió un jardín de rosas
hablamos del peligro de estar vivo
no vine a divertir a tu familia
mientras el mundo se cae a pedazos
me gusta estar al lado del camino
me gusta sentirte a mi lado
me gusta estar al lado del camino
dormirte cada noche entre mis brazos
al lado del camino
al lado del camino
al lado del camino
es mas entretenido y mas barato
al lado del camino
al lado del camino


Fito Paez.
16 diciembre 2007
VARGAS GÓMEZ

11.12.07

Del rencor y sus penumbras

Me dieron ganas de retomar un texto que escribí no hace mucho, hace tan sólo unos meses, este mismo año. Lo retomo por varias razones, la principal -para no exponer todo un caso que ha acontecido en mi vida con una persona, de por sí, indeseable- porque estaba revisando el otro blog que cree y que por circunstancias diversas pocas personas llegaron a visitar...

El texto se titula igual que esta columna y, bueno, se los dejo, así como yo me dejo por aquí...a ver que les parece, por lo pronto les mando un abrazo y si, es una verdadera penumbra el rencor...

Quizá no haya sentimiento más destructivo que el rencor. En estos momentos me vienen a la mente –y mi corazón se estremece al recordarlos– algunos sentimientos parecidos como el resentimiento o el odio, sin embargo no creo que estén a la altura demoledora del rencor.

El odio, por ejemplo, es más un sentimiento que se provee de una acción pasada con un otro o suceso y que, al afectar algunas fibras de nuestra existencia, nos provoca un sentimiento de repulsión al grado de no querer tener que ver más con el objeto que nos haya provocado dicho sentimiento.

El resentimiento, por otro lado, surge a partir de un sentimiento no correspondido –y vale la pena subrayar la importancia de lo que el sujeto en cuestión esperaba obtener del otro– y que deja secuelas en nuestro corazón sobre el comportamiento del otro con nosotros, provocando recelo en futuras interacciones y que radica, principalmente y como lo acabo de especificar, en nuestro corazón y nuestros propios fantasmas que se proyectan sobre deseos frustrados.

El rencor es acción pasada, sentimiento no correspondido y daño permanente. El rencor se conjuga en pretérito, futuro y pospretérito. El rencor se anida en tu corazón y controla tus acciones, instigándote a golpear donde más le duela al otro. El rencor te quita el sueño porque te pone a cavilar sobre nuevas formas de destrucción y venganza a corto, mediano y largo plazo al mismo tiempo. En verdad no creo que haya sentimiento más destructivo que el rencor.

El rencor es atravesar el camino en medio de las penumbras, en ese momento en que no está totalmente oscuro como para no ver nada pero que no hay la suficiente luz como para distinguir lo que nos rodea, tiñéndolo todo de sombras. Es pensar que esas sombras son el mismo enemigo que está al acecho y que en cualquier momento nos quiere dañar y por lo mismo ir golpeando todas las sombras.

El rencor vive y se reproduce entre penumbras, jamás a la luz directa del sol. Aquel que vive con rencor, pues, es aquel que camina solo por un valle de sombras.

Y lo que me resulta sorprendente es que en mi diario caminar me encuentro con muchas personas que caminan con rencor. Es voltear y ver figuras que se desdibujan, borrosas, grises, que se cruzan en tu camino.

Después de mucho cavilar he llegado a la conclusión que si viven con rencor es porque, irónicamente, el rencor les permite seguir viviendo así. Lamentándose. Curioso, pero después de pensarlo mucho y otro tanto más, el rencor radica en el lamento propio, en el orgullo herido y no en lo que –propiamente dicho– hizo o dejó de hacer el otro. Vivir en la penumbra del rencor es caminar herido en el orgullo propio por que el otro nos hirió y lo que más causa dolor –y el surgimiento del rencor– es el sentirnos traicionados. Es vivir en esa acción pasada recordando lo que nosotros no dejamos de hacer, saborear el sentimiento no correspondido enjuagándonos los labios y la entrepierna con lo que nosotros entregamos, sentir el daño permanente deseando que el otro sienta lo que nosotros sentimos tres veces más.

Y al final el rencor lleva, curiosamente, su nombre con nuestro apellido.

11 diciembre 2007

VARGAS GÓMEZ

19.11.07

Machote No. 1

“Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”

Heráclito


No nos detenemos a pensar en las consecuencias que la acción de un sencillo hombre –o mujer– pueden provocar en el transcurso de la historia. Desde la elección de erigir una casa en un monte o en un valle y que transformará, con el paso del tiempo, la percepción del lugar y el estilo de vida de sus habitantes. Desde una vuelta, un disparo al aire, un animal cazado, no nos detenemos a pensar en las consecuencias de una simple acción –decisión. Nuestro origen mismo es fruto de ese tipo de situaciones, desde el momento mismo en que somos concebidos.

Cuando los amantes se encuentran –o un desconocido con una desafortunada– y se produce un acto sexual, en ese minuto específico, permite la fertilización de un determinado óvulo con un espermatozoide de igual condición. Una fertilización que no podría darse de igual forma –con el mismo espermatozoide y el mismo óvulo– unas horas antes o después. Somos producto, desde nuestra concepción misma, de decisiones envueltas en un tiempo mortal, el tiempo del hombre. Tal pareciera que no podemos escaparnos de ello, aunque la pregunta sería: ¿deberíamos?

Así se nos pasa la vida en acciones concretadas con visión inmediata y no causal. ¿Por qué decidimos emprender determinado viaje? ¿por qué decidimos que no queríamos seguir adelante y nos hicimos a un lado en ese momento? ¿Por qué elegimos construir o destruir en algún lugar? Pienso inclusive en decisiones de personas que tuvieron un solo momento histórico para después no figurar y que su nombre se olvidara de los libros de historia; personajes que a lo largo de su vida vivieron de manera común, sin grandes giros ni perturbaciones en la sociedad en la que se encontraban hasta que se cruzaron con determinado individuo y su reacción ante él/ella provocó un cambio en la historia. Pienso en personajes como el hombre que le dijo a Hitler que no era aceptado en la Academia de Artes Plásticas y que lo llevó por otro rumbo en su vida, trágicamente de sobra conocido. Pienso también en personajes históricos con decisiones que en el momento se antojaban importantes y con el paso del tiempo se han valorado como trascendentales, como Chamberlain, contemporáneo de Hitler, que decidió volver a llamar a Churchill a las altas esferas de la política británica y, posteriormente, postularlo como Primer Ministro en lugar de su más cercano competidor. Pienso en Cervantes y su encierro con piratas moros durante varios años, que le darían elementos para escribir la más celebre obra de habla hispana. Pienso en Hidalgo y su decisión de no tomar la Ciudad de México. Pienso en los aztecas dejando huir al ejército de Cortés en lugar de perseguirlo en aquella “noche triste” –en la cual, por cierto, Cortés no lloró bajo un árbol–. Pienso en Agamenón dejando pasar el pretexto de Helena para invadir Troya. Pienso en tantos ejemplos, en palabras proferidas en determinado momento que serán recordadas pasado el tiempo y que provocarán ciertas decisiones. Pienso en silencios elegidos. Pienso en rumbos elegidos que llevan al encuentro con personas que hace tiempo no se veía. Pienso en mi propia vida. En nuestra propia vida.

Pareciera que nuestra vida la tomamos muchas veces como si fuera un taxista: llevar de un lugar a otro las situaciones y decisiones que se nos aparecen sin preguntarnos por las consecuencias de las mismas a largo plazo y en distintas direcciones –es decir en las vidas de los demás. Vehículo de destinos. El taxista no se pregunta por que va a determinado lugar el pasajero en turno, simplemente abre la puerta, pregunta la dirección, dibuja un mapa mental de la ruta más favorable y se dirige en esa dirección; el taxista no sabe si el hombre taciturno que se acaba de subir acaba de perder su empleo y llegará a su casa antes de tiempo para encontrar a su joven mujer desnuda en los brazos de otro hombre originando un drama; el taxista no se pregunta ni sabe si la joven que acaba de tomar como pasaje sufre una severa crisis nerviosa y después de un lago viaje en silencio hasta el punto de destino, se intoxicará con una sobredosis de tranquilizantes. El taxista no se pregunta si ese niño sentado con su madre en el asiento trasero llegará un día a ser Presidente de la República y, por voltear a ver una falda en medio de la calle, colisiona con otro coche, derivando en el fallecimiento de los tres tripulantes del coche –incluyendo el que hubiera sido Presidente y autor del resurgimiento del país. Fin del taxista, fin de la historia.

Tal pareciera que nos comportamos como taxistas de nuestro destino. Pareciera. También pareciera que, algunas veces, el destino nos utiliza como taxistas de la historia. Es cierto que no podemos clarificar las consecuencias de todos nuestros actos sobre nuestras vidas y menos sobre las vidas de terceros. Inclusive este texto se podría llenar de puro “y si…”, yéndonos a imaginar mundos paralelos, alternos, en los cuales no hubieran existido determinados personajes o se hubieran construido ciertas ciudades. Incluso este texto podría no haberse escrito si no estuviera sentado en la terraza de un café en un pueblo platero de Guerrero y previamente me hubiera subido a un teleférico para admirar la magnificencia de la obra humana y la diferencia que hubiera existido de haber elegido el monte vecino.

Arquitectos de nuestro destino suena acertado aunque, a mi parecer, pretencioso. Un arquitecto diseña y planea con borradores de por medio para poder dirigir la construcción de una obra. Nosotros no somos más que borradores de una existencia que no tiene forma de ser comparada con una alterna, el machote de una existencia erigida y sostenida en mitos, dioses, sospecha y, sobre todo, miedos. Decisiones que se cruzan en el devenir de la vida. Producto de nuestras decisiones y también de la de los demás. Por más millones de seres humanos que seamos al final pareciera entonces que somos un solo individuo al conjuntar nuestras decisiones y acciones. Desde el fornicio hasta un salto equivocado, nuestras acciones viven recreando el ambiente de esta, que preferimos llamar, la historia humana.

Taxco de Alarcón

17 noviembre 2007

VARGAS GÓMEZ

5.11.07

Un día más...

“¿Y cómo huir cuando no quedan islas para naufragar?”

Joaquín Sabina


Se despertó. Como todos los días en los últimos seis meses, se despertó y se dirigió a la regadera. Se mojó. El agua caliente no lo reconfortaba como otros días; sentía una mancha, un lastre que no le permitía disfrutar de lo que los viejos tienden a llamar “un nuevo día”. No le importaba que tan nuevo fuera o si se trataba de día o de la noche.

- ¿Y si me fuera? –se preguntó en un susurro.

“Dónde”. Era la pregunta que le lanzaba el silencio disfrazado en las gotas de agua que repican en el suelo. Donde.

Hacía un buen rato que no se sentía así, quizá unos ocho meses, cuando había atravesado esa etapa tan difícil –situación que le duró medio año– y veía transcurrir su vida en una monotonía e impotencia tremendas ante la falta de actividad. Muchas cosas habían cambiado desde aquel entonces e inclusive llegó a pensar que eran momentos superados por completo.

Sin embargo, nada se supera por completo y todo tiene una continuación, lo que viene a alargar las cosas y, viéndolas desde la lejanía, convirtiéndolas en una sola serie de sucesos hilados y causales. Producto de las decisiones de cada individuo. Pero eso él no lo tomaba en cuenta, no por el momento, le sabía a mierda y no otorgaba descanso a su corazón cansado. Una pregunta más sería eso, una pregunta más. Desafortunadamente no se encontraba por los ánimos de estar respondiendo a exigencias sociales, posturas profesionales o ambiciones personales y quizá eso era una de las cosas que más le angustiaba, ya que significaba –para él– que no estaba seguro de lo que quería…o hacia donde iba.

Y así bajó a desayunar y, una vez terminado el magro desayuno, se dispuso a ir, como todos los días, al trabajo. El tránsito inconmensurable de todos los días: los carros, los neuróticos y las histéricas, los semáforos rojos que no extienden el verde, los incivilizados, la ruta más corta…“No logro entender ni aceptar las implicaciones que conllevaría mi desaparición. Sin duda estoy confundido, sin duda, sin embargo algo subyace muy dentro de mí…” pensaba mientras mantenía la mirada clavada al frente. Lo que más le angustiaba era no saber exactamente lo que tenía.

Al llegar a su oficina se encontró con un clima gélido. Trató de aclimatarse y no pudo. No estaba ni frío ni caliente. Parecía que ni siquiera estaba. La pantalla de su computadora encendida reflejaba igual inactividad. Revisó lentamente la lista de pendientes. “Bastantes”, murmuró mientras repasaba los garabatos escritos apresuradamente el viernes anterior, cuando lleno de expectativas, salió corriendo de la oficina rumbo al concierto. Bastantes y con poca disposición para solucionarlos.

Volteó de nuevo hacia la pantalla y abrió el procesador de textos. El cursor parpadeaba, expectante, mientras él se decidía a ponerse a escribir o a contestar correos electrónicos interminables que derivaban en él de una u otra forma. Escribió.

En momentos como éste, quisiera saber si debo estar solo o no. No es que no distinga a la persona con quien me gustaría estar o con quien dejar de ser, es tan sólo que no distingo, dentro de mí, la necesidad de mi alma y de mi corazón.

No logro distinguir si acaso quisiera permanecer en una isla desierta y ahí dedicarme por entero –y por un tiempo determinado– al conocimiento de mi alma y al impávido escuchar de mi corazón o, por el contrario, sentarme en flor de loto con esa persona tan querida y desnudar mi sentir. Abrir mis ojos. Cerrar mis manos. Estar acompañado y así permanecer por un largo rato.

Más de lo mismo. Se estaba comenzando a cansar de su misma sensación, ya no sólo le provocaba confusión, ya también comenzaba a provocarle hastío. En ese momento, como respondiendo a una petición no formulada pero si pensada, sonó el teléfono. Era su novia:

- ¿Si? –preguntó sin quererlo así.

- ¡Hola, mi amor! –respondió ella, sabedora ya, un poco, de lo que desde un día antes le venía explotando misteriosamente.

- Hola, nena, buenos días.

- ¡Buenos días! ¿Cómo estás?

Silencio. Por cuatro largos segundos no se escuchó más que el teclear de algunas computadoras de los compañeros adormilados de la oficina.

- Bien, mi amor –mintió– tratando de empezar a trabajar.

- No te escucho bien –le desmintió.

- Bueno…no sé ¿recuerdas lo que te dije ayer? Me siento mal –disminuyó notoriamente el volumen de su voz–, no logro distinguir lo que necesito. Lo único que logro distinguir es una pena que me agobia, que me impide respirar. Es como un puño que radicara dentro de mi estómago y de ahí subiera, lentamente, hasta llegar a mi traquea y ahí apretara, me estrangulara –confesaba al tiempo que imitaba el movimiento con su mano– sin piedad.

- Mi amor…¿por qué no lo sacas? –preguntó ella inocentemente.

- No puedo. No puedo ni llorar, mis ojos me gritan y me acusan mi falta de sensibilidad al no poder soltar la marejada que contienen. No puedo, por más que quiero. Mi mente me traiciona, me marea –mi imaginación se oscurece, pensó– y mis miedos afloran al punto de pretender no ser más miedos e intentar convertirse en razones. Eso, mis miedos parecen razones…

- ¿Fue algo que dije? –preguntó temerosa.

- No, mi amor –aunque no estaba totalmente seguro– no sé porque estoy así. Ayer por la noche, después de la reunión obligada, al llegar a mi casa, comencé a sentirme así. Y me desespera. Me siento solo, esa es la verdad, sin saber si quisiera estar realmente solo o acompañado y no lo digo por ti, no lo tomes personal, por favor. Me siento confundido, sin saber que tengo que hacer, hacia dónde ir, con quien y de qué forma. Son tantas preguntas, mucho silencio. ¿Estoy dónde realmente quiero estar? Me pregunto si hago lo que tengo que hacer, sobre lo que tengo que decidir, si acaso sé hacia donde voy y si tengo que ir allí…

- Te amo –fue lo único que se escuchó del otro lado del auricular. Era una confesión sincera, sin duda. Era un sentir sincero y entregado, un tanto desesperado, muy al estilo de ella, que le hacía sentir que ella estaba con él.

- Yo también, eso no lo dudes.

Se dijeron unas cuantas cosas más y colgaron. Ambos estaban en sus respectivos trabajos y ese tipo de pláticas no se dan bien en una oficina y menos a esas horas del día. Se dispuso a trabajar. En ese momento, la luz se fue. Un pretexto para evitar el desempeño pero un motivo más para preguntarse el motivo de estar ahí sin poder hacer nada. Volteó a ver hacia la calle, por la diminuta ventana que tenía a su lado. El frío parecía ceder afuera mientras las personas –diminutas desde esa altura– caminaban apresuradas y metros antes de cruzarse ya trataban de evitarse, desviando ligeramente su camino.

Y se imaginó estando ahí afuera. Caminando sin evitar y vagando sin buscar. Sin esperar. Sólo caminar. Y se imaginó que se aventaba a través de la ventana que, aunque no se podía abrir –y menos romper y aunque se pudiera él no cabría a través– le permitía ver e imaginar lo que podría encontrar. En ese momento su ansiedad e incertidumbre se calmaron un poco. Se imaginó en parajes visitados en su pasado, en lugares donde había sido feliz y lugares donde había sido muy triste. Lugares que conoció y visitó solo. Se imaginó recorriendo un río debajo del mar, siguiendo la corriente. Se imaginó en una posición diferente, conociendo personas diferentes, escribiendo sus historias a la orilla de una puente romano. Y se imaginó un futuro, leyendo en una cabaña, sentado en una mecedora, uno de tantos libros con niños a su alrededor ansiosos por conocer tiempos distintos e historias algo interpretadas. Y se imaginó satisfecho, se imaginó acompañado de una viejecilla con cara borrosa pero que sentía había estado con él más de la mitad de su vida. Y se imaginó caminando por una montaña. Y se imaginó aventando letras. Y se imaginó siendo un bosque palpitante y exuberante. Y se imaginó siendo un martillo. Y se imaginó siendo un águila. Y se imaginó volando.

Y se aventó…

Un día más

05 noviembre 2007

VARGAS GÓMEZ


Noches de boda

Los dejo con esta hermosísima canción del señor Sabina...

Que el maquillaje no apague tu risa,
que el equipaje no lastre tus alas,
que el calendario no venga con prisas,
que el diccionario detenga las balas.

Que las persianas corrijan la aurora,
que gane el quiero la guerra del puedo,
que los que esperan no cuenten las horas,
que los que matan se mueran de miedo.

Que el fin del mundo te pille bailando,
que el escenario me tiña las canas,
que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer ni mañana.

Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de bodas,
que no se ponga la luna de miel.

Que todas las noches sean noches de boda,
que todas las lunas sean lunas de miel.
Que las verdades no tengan complejos,
que las mentiras parezcan mentira,
que no te den la razón los espejos,
que te aproveche mirar lo que miras.

Que no se ocupe de ti el desamparo,
que cada cena sea tu última cena,
que ser valiente no salga tan caro,
que ser cobarde no valga la pena.

Que no te compren por menos de nada,
que no te vendan amor sin espinas,
que no te duerman con cuentos de hadas,
que no te cierren el bar de la esquina.

Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de boda,
que no se ponga la luna de miel.

Que todas las noches sean noches de boda,
que todas las lunas sean lunas de miel.


gracias...
LBVG
05 nov 07